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ARA O MAI: L’ANGOIXA DE VIURE

ARA

¿o ara? VA ARA


ara Ara sí


No, ara Ara


Sí Va, arA


Va Ja

Ara

YO POR LOS DEMÁS O LA LIBERTAD DE LUPO (VERSIÓN 2)

La mayor parte del tiempo se movía contorneándose y nadando a gran velocidad, como si quisiera atravesar cada gota del agua de la pecera. Me gustaba mirarlo, ver sus enormes ojos negros, planos, que temblaban como si se esforzasen, en vano, por comprender aquellas extrañas sombras y formas difuminadas que nos movíamos más allá de aquella frontera de cristal, invisible pero sólida, y que me miraban pidiéndome, insolentes, la razón de su cautiverio.
Era mi pez y se llamaba Lupo.

De Lupo me fascinaba, sobretodo, su persistente rebeldía, su tenaz inconformismo. ¿Cómo era posible que no hubiese aceptado, todavía, después de tanto tiempo, que era inútil luchar?
Recorría veloz, describiendo círculos y haciendo piruetas, todo el perímetro de la pecera.
Yo estaba seguro que buscaba una salida desesperadamente y que se encaraba al cristal golpeándolo, como si tratase de derribarlo.
Yo interpretaba todos los movimientos de Lupo como si fueran parte de la ejecución de un plan que él creía infalible para escapar. Y me daba lástima tener la certeza de que, como siempre, todos sus intentos conducían irremediablemente al fracaso. Y que él no lo supiera.
Tal vez fue por eso que decidí soltarlo en el estanque.
“No te preocupes, Lupo, yo te regalaré la libertad que tanto ansías”

Contrariamente a lo que yo esperaba, una vez en el estanque, Lupo no nadó veloz, emocionado, ansioso, no desapareció entre las rocas y las algas del fondo. Se quedó unos instantes suspendido como un globo y luego realizó sus acostumbradas piruetas y sus veloces recorridos circulares, como si resiguiese las paredes de una pecera imaginaria. Incluso se paró como si mirase fuera de un cristal que no existía. Los mismos movimientos y la misma mirada que días antes me parecían muestras evidentes de su rabia, de su lucha insaciable por escapar, ahora se me revelaban como la mera interpretación de un guión aprendido, sin alma ni pasión.
“Es la libertad que tanto querías, Lupo”
Metí los dedos en el agua y los agité para que reaccionara. Pero se desplazó unos centímetros y volvió a sus nerviosos vaivenes en un radio de treinta centímetros.
Yo no lo comprendía. Por fin era libre y no escapaba.

Regresé al estanque cada día durante una semana. Lupo siempre estaba en el mismo lugar y hacía el mismo movimiento nervioso cuando yo probaba de acariciarlo.

Hasta que, un día, Lupo ya no estaba en su rincón. Apreté los labios y asentí, orgulloso, satisfecho de que, finalmente, Lupo se hubiese adaptado a la nueva vida y ya disfrutase de mi regalo de libertad.
Lo busqué por el estanque para verlo feliz, nadando junto a otros peces, escondiéndose y jugando entre las piedras el fondo.

Di dos vueltas al estanque y lo encontré flotando en la superficie, como una hoja seca y crujiente, como aplastado por la presión del aire contra el agua. Un ojo miraba al cielo, azul pero tan negro en su reflejo, y el otro al fondo del estanque.

La oscuridad en su mirada, que me había parecido tan fogosa y rebelde, reflejaba ahora un miedo atroz. Quizá Lupo nunca quiso nadar en otras aguas. Quizá sólo yo deseé su libertad.

YO EN LOS OTROS O LA LIBERTAD DE LUPO

La mayor parte del tiempo estaba inmóvil, como si fuese una gota más en el agua de la pecera. Me gustaba mirarlo, ver sus enormes ojos negros, planos, que temblaban como si se esforzasen, en vano, por comprender aquellas extrañas sombras y formas difuminadas que nos movíamos más allá de aquella frontera de cristal, invisible pero sólida.
Era mi pez y se llamaba Lupo.

De Lupo me fascinaba, sobretodo, la ausencia absoluta de rebeldía, de inconformismo, de lucha. Nunca lo había visto golpear el cristal de la pecera, ni tratar de derribarlo, ni recorrer todo su perímetro buscando una grieta por la que escapar.
Lupo nadaba indiferente o resignado, sin rencor y seguro sin esperanza.
Tal vez fue por eso que decidí soltarlo en el estanque.
“Por fin la libertad, ¿eh Lupo?”

Contrariamente a lo que yo esperaba, Lupo no nadó veloz, emocionado, ansioso, no desapareció entre las rocas y las algas del fondo. Se quedó suspendido como un globo.
Metí los dedos en el agua y los agité para que reaccionara pero se desplazó perezosamente unos centímetros y volvió a su impasibilidad.
Regresé al estanque cada día durante una semana. Lupo siempre estaba en el mismo lugar y hacía el mismo movimiento delicado, casi imperceptible, cuando yo probaba de acariciarlo.

Hasta que, un día, Lupo ya no estaba en su rincón. Apreté los labios y asentí, orgulloso, satisfecho de que, finalmente, Lupo se hubiese adaptado a la nueva vida y ya disfrutase de mi regalo de libertad.
Lo busqué por el estanque para verlo feliz, nadando junto a otros peces, haciendo piruetas entre las piedras el fondo.
Di dos vueltas al estanque y lo encontré flotando en la superficie, como una hoja seca y crujiente, como aplastado por la presión del aire contra el agua. Un ojo miraba al cielo, azul pero tan negro en su reflejo, y el otro al fondo del estanque. Y seguían tan planos, tan vacíos, tan desesperanzados.

QUIEN JUZGA, QUIEN DECIDE (VERSIÓN DINOSAURIO)

Quise comprobarlo y por eso estoy aquí, tocando el violín en esta concurrida esquina.
“Su música es el lenguaje de los sentimientos”, decían los periódicos. “Insuperable”
Los dedos, rígidos por el frío, crujen como si se quejasen.

Lo he descubierto gracias a ella.
Acaba de pasar con un andar decidido, atropellado. Corpulenta, pelo rubio rizado en media melena informe. Se ha encontrado con las notas que fluyen de mi violín y las ha despreciado, como si espantase una nube de moscas.
La otra noche pagó casi doscientas liras para asistir a mi concierto en el Albert Hall. Primera fila. Vestido azul verdoso. La recuerdo porque aplaudía exageradamente y gritó “bravo” hasta ponerse roja. Parecía entusiasmada.

Al acabar el concierto, por un momento, pensé –la seducción de la mentira complaciente- que Sandro tenía razón y era mi música lo que la había emocionado.
Y ahora sé que no.
Esta sucia acera –el asfalto húmedo a mis pies, la funda del violín abierta como un pájaro desplumado- no es un patio de butacas pero estoy interpretando el mismo repertorio que en los conciertos.
Si yo fuera, como dicen los diarios, “el mejor violinista del mundo”, los transeúntes se detendrían a escucharme. Pero me ignoran. Uno incluso me ha rozado mientras chillaba hablando por el móvil.

Al verla he pensado que por lo menos ella sabría apreciar mi música, como hizo –¿como hizo?- la otra noche. Aunque sólo fuera porque hoy, por esta vez, es gratis.

QUIEN JUZGA, QUIEN DECIDE (VERSIÓN EXTENDIDA)

“El mejor violinista del mundo”, titula el diario. Lo dejo caer sobre la mesa de cristal y me acerco al ventanal que da acceso a la terraza. La ciudad, once pisos más abajo, se extiende a mis pies como una alfombra.
El sol se ha puesto hace unos minutos. Ha dejado un fulgor anaranjado en el horizonte tan luminoso que parece irreal, digital.
-Ya está confirmado, no queda ni una entrada. Y hubiésemos vendido miles más si hubieras aceptado tocar en el Wembley Arena.
Ya hemos hablado de eso.
-No quiero tocar allí. Me gusta la sonoridad del Albert Hall.
-Sólo digo que lo llenarías.
Las calles parecen arterias que reparten un líquido brillante por toda la ciudad.
-¿Con quien me han medido?
-¿Qué quieres decir?
Me giro y miro a Sandro a los ojos.
-La música no se puede calcular, ni traducir en puntos o clasificaciones. Para decidir que soy el mejor, digo, ¿Cómo lo hacen?
-Supongo que se basan en los millones de entradas vendidas. Además, la crítica te aclama allá donde tocas.
-Pero, ¿es mi música lo que les gusta?
-¿Y qué va a ser sinó?
-No lo sé, de verdad, no lo sé. Quizá deberíamos preguntárselo al diario.


Al acabar el concierto explota un mar de aplausos sonoros, como el granizo sobre el cristal, durante minutos que se hacen eternos.
Una de las veces que salgo saludar, me fijo en una mujer de la primera fila que está entusiasmada. Exageradamente emocionada. Mueve la cabeza y los brazos de una forma tan artificial que parece interpretar a un personaje cómico. Grita “bravo” hasta ponerse roja.
A veces juego a individualizar un aplauso o una voz entre la multitud.
En el caso de la mujer no es difícil pues su físico portentoso la acompaña en su afán por destacar. Una melena corta, rubia, rizada y un vestido verde azulón.
En la tercera fila dos ancianos han dejado de aplaudir. Parecen agotados.
“Maravilloso”, vocea la mujer de la primera fila.
En los laterales hay gente mirando el reloj y pensando que si no salen ahora se econtrarán llenas las escaleras de bajada.


Lo planeé ayer por la tarde y no ha sido dificil. De hecho, sólo necesitaba mi violín y algo de ropa arrugada. Y un sombrero calado para disimular el rostro. Las partituras no porque conozco las piezas de memoria.
He elgido una esquina céntrica por la que pasa muchísima gente durante todo el día.
Abro la funda del violín, la dejo en el suelo, abierta, y empiezo a tocar.
Las notas se ahogan primero en el mar sonoro de la calle pero no desisto.
Poco a poco los sonidos se unen para formar melodías que fluyen destacándose por fin.
Estoy interpretando el repertorio del concierto de anteayer por la noche.
La gente me mira. Podría decir que algunos se paran, que otros me señalan, que otros incluso cruzan a pocos centímetros de mí hablando por el movil; pero, sobretodo me miran. Termino la primera pieza. Tres o cuatro aplauden con desgana, más para justificar su presencia frente a mí que por ánimo de manifestar su entusiasmo. Dos parejas se acercan.
Dos monedas. Tres.
Otra.
La segunda pieza, más lenta, provoca la deserción de los pocos fieles que me escuchaban
Nadie se para, ahora ni me miran.
Estoy tocando el violín sólo entre la muchedumbre siempre renovada de la esquina.
Pasan cientos, miles de orejas, todas distintas, todas con la posibilidad de disfrutar gratuitamente del “mejor violinista del mundo”.
Y nadie se para.
Me ha parecido ver entre la gente a una mujer corpulenta, pelo rubio rizado en media melena informe. La mujer de la primera fila del concierto. Me ha parecido verla pasar, que me miraba de reojo y seguía su camino.
No sé si era ella. Pareció gustarle mi música la otra noche.
Creo que ella, por lo menos ella, se hubiera parado a escucharme.

GUSTAFF (versión 1.0)

GUSTAF O LA HISTORIA DEL SOLDADO ADOLESCENTE QUE LA NOCHE ANTES DE ENTRAR EN COMBATE LLORÓ, MORDIENDO LOS PLIEGUES DE SU MÁRFEGA PARA QUE LOS OTROS NO LO OYÉRAMOS GEMIR, Y, YA POR LA MAÑANA, CON EL SOL NARANJA ACARICIANDO DULCEMENTE SU ROSTRO, ABRAZADO A SU FUSIL, VOMITÓ HASTA QUE LE ARDIÓ LA GARGANTA.


Si el capitán no lo hubiera abatido a tiros, por la espalda, muchos también hubiesemos intentado huir.

DE VIATGE (versió 2.0)

A la cuina d’un pis antic de l’eixample barcelonès.
Ell vesteix una camisa afelpada ens tons grisos i marrons. S’està dret, arrepenjat al marbre del costat dels fogons i la mira.
Ella trajina, fent que no el veu, nerviosa. De l’armari als fogons i dels fogons a la nevera. Li costa ajupir-se i evidencia l’esforç fent un gest agri amb la boca.
La cassola que ara desa es la mateixa que ha tret uns minuts abans fent un gran terrabastall metàl·lic que ha interromput el silenci dens de l’estança.
Al terra de mosaics de colors, les rajoles trencades es queixen feixugament quan ella les trepitja en el seu anar i venir.
Llum esmorteida provinent d’un fluorescent blanc al sostre.
-He trobat això a la calaixera. És d’aquest matí- diu ell, per fi.
Ella, que sap què es proposa, calla, amagant-se al rebost.
-Com és que tens una targeta de tren de dues zones?
-M’he equivocat al comprar-la. Ja saps com són aquestes màquines de botonets i llumetes... No tenim edat per les pantalles ni les instruccions enllaunades. Abans només calia demanar “un bitllet, si us plau”. M’he adonat quan ja l’havia picat a l’entrar. Què vols per dinar? Tenim fideus d’ahir.
-I on has anat que necessitaves dues zones?
-Ja t’he dit que m’he equivocat al comprar-la. També podem fer arròs amb bolets.
-Com que aquí ja et coneixen, cada vegada vas més lluny.
-Que no em creus?
-No és bo que rodis tot el dia amb el cap emboirat. Ho hauries de deixar estar.
-He anat a fer uns encàrrecs i m’he equivocat de bitllet. Les maleïdes màquines. Això és tot. I si no em creus és el teu problema.
-Fa massa temps que dura aquesta història. Que no entens que em preocupo per tú?!
-Si pensessis en mí no m’interrogaries ni em creuries mentidera.
-Podem comprar llibres o pel·lícules documentals. Així no caldrà que vagis a les agències.
-No m’has dit si prefereixes fideus o arròs...
-Llibres grans amb moltes fotos ... ara fan uns documentals increïbles...
Ella se’l mira fixament. La conversa s’acabarà.
-Ja tornes a parlar-me com a una nena petita. Si vulgués llibres, ja me’ls hauria comprat.
I girant-se cap a la nevera:
-Faré fideus.





Desparant la taula.
Han dinat en silenci mirant-se els propis plats, absorts com si veiessin passar la vida en ells.
S’aixequen al so d’una ordre que només ells han sentit i es mouen mecànicament, passos de ball apresos a força de repetir-los durant d’anys, mai alterats, mai qüestionats.
Soroll de plats, coberts i copes que es barallen. Fan viatges fins la cuina i es creuen a mig camí, al costat de la porta del menjador.
-No vull llibres amb fotos ni documentals, de veritat.
-Però alguna cosa hem de fer...
-Parles com si estigués malalta i estic bé. No necessito els maleïts llibres.
-I llavors què? Seguiràs entrant a les agències i preguntaràs per la possibilitat de fer un viatge a un país llunyà, allotjant-nos en els millors hotels...
-Els llibres no expliquen els detalls que a mí m’agraden.
-... deixaràs que la noia, emocionada davant la perpectiva de vendre un viatge tan car, t’aclapari amb tota la informació que tú li demanis....
Ella ara ja no el mira.
-... i que et respongui totes les preguntes sobre tots els detalls, fins els més absurds i innecessaris.Voldràs saber com són els jardins, les excursions, les platges, la roba de llit dels hotels...
Ella aixeca el cap i el desafia. Li ha canviat la cara i els ulls li brillen intensament. Ara somriu amb els llavis fins, apretats.
-Avui l’esmorzar al Soneva Ghili de les Maldives era excel·lent, a l’alçada d’aquell de Bali de l’any passat, te’n recordes?
-Ho veus?! Ja hi tornes.
-Te l’has perdut.
-Tant com tú.... Tant com tú.
Ho diu mentre es retira, brandant el cap. No esperava que ella es fes forta.
-No, que tenia de tot! Podies triar les barrejes dels sucs de fruita que vulguessis i te’l servien a la terrassa, a una taula envoltada de flors vermelles.
-Creu-me, m’agradaria que ens ho puguessim permetre, de veritat.
-Si haguessis vist la platja! Cada habitació tenia unes tumbones reservades a la vora de l’aigua, gairebé on l’escuma et toca els dits dels peus, amb un joc blanquíssim de tovalloles.
-Però amb les dues pensions amb prou feines podem viure a casa...
-I et servien tot tipus de begudes i xarrups de fruites! I l’aigua? L’aigua era turquesa, de veritat, semblava com si fos vidre líquid.
-Prou!
-Què?
-Para! No m’escoltes! Ja tornes a fer el de sempre: t’engresques i ja no es pot parlar amb tú.
Ell surt de l’habitació i torna a entrar abraçat a una jaqueta.
-Marxo. Arribaré per sopar.


Ella s’està posant la camisa de dormir al bany, amb la porta mig oberta –i mig tancada-, suficient perque ell vegi per l’escletxa ara un braç, ara una cama, ara un vol de roba.
Ell està estirat al llit, tapat, amb només el nas –que apunta al sostre- i els ulls al descobert. Baixa els lleçols fins la barbeta per parlar.
-Demà podríem anar a dinar amb els Cumis i després podríem anar al teatre.
Els llums de les tauletes de nit són com dos fars en la foscor del dormitori.
Ella ha obert la porta del bany de bat a bat i es pentina. Es mira al mirall.
-Te’n recordes d’aquell creuer? No em podia creure que un vaixell pugués tenir sala de cine.
-No vull sentir les teves fantasies una altra vegada, bona nit.
Es gira cap a la paret, donant-li l’esquena. Parlarà amb el cap recolzat al coixí, amb la mirada perduda.
-Has d’entendre que jo prefereixo ignorar allò que no tinc ni tindré mai. La consciència de la pròpia incapacitat és massa dolorosa.
Deixa el raspall a la repisa del costat de l’aigüera i s’acosta al llit
-Incapacitat? Però si tenim salut! I poques obligacions!
-Sí, però ni un cèntim.
Ella li posa la mà a l’espatlla. Si ell la pugués veure ara, descobriria que mai els ulls li han brillat tant. Parla fluixet.
-Jo només escolto el que m’expliquen i això no val diners.
Ell es gira d’una revolada i la mira.
-I què guanyes amb escoltar-ho? El que t’expliquen no és real. Tú mai hi aniràs.
-Ja ho sé. Però és com si hi anés, de veritat. És com si hi hagués estat.
-Mai hi aniràs.
Es torna a tombar cap a la paret. I repeteix “Mai hi aniràs” amb la solemnitat –i la cruesa- d’un epitafi.
Ella torna a ser al bany, davant el mirall, i es pentina.
-A les Maldives, per exemple, hauries d’haver vist quin taulell d’escacs hi havia a la platja, amb unes figures enormes d’escuma que semben personetes. Imagina’t, jugar als escacs mentre prens el sol!
-Bona nit.
-I ara que estic més morena, pel sopar de gala de l’última nit a l’hotel em podria posar aquell vestit de seda rosa, saps?, aquell que em vaig comprar pel casament de la Marguisa i que em ressalta tant el color dels ulls.

DE VIATGE

A la cuina d’un pis antic de l’eixample barcelonès.
Ell vesteix una camisa afelpada ens tons grisos i marrons. S’està dret, arrepenjat al marbre del costat dels fogons i la mira.
Ella trajina, fent que no el veu, nerviosa. De l’armari als fogons i dels fogons a la nevera. La cassola que ara desa es la mateixa que ha tret uns minuts abans fent un gran terrabastall metàl·lic que ha interromput el silenci dens de l’estança.
Al terra de mosaics de colors, les rajoles trencades es queixen feixugament quan ella les trepitja en el seu anar i venir.
Llum esmorteida provinent d’un fluorescent blanc al sostre
-He trobat això a la calaixera- diu ell, per fi.
Ella, que sap què es proposa, calla, amagant-se al rebost.
-Com és que tens una targeta de tren de dues zones?
-M’he equivocat al comprar-la. Ja saps com són aquestes màquines de botonets i llumetes... M’he adonat quan ja l’havia picat a l’entrar. Què vols per dinar? Tenim fideus d’ahir.
-I on has anat que necessitaves dues zones?
-Ja t’he dit que m’he equivocat al comprar-la, Arel. També podem fer arròs amb bolets.
-Com que aquí ja et coneixen, cada vegada vas més lluny.
-Que no em creus?
-No és bo que rodis tot el dia amb el cap emboirat, Noïva, ho hauries de deixar estar.
-He anat a fer uns encàrrecs i m’he equivocat de bitllet. Això és tot. I si no em creus és el teu problema.
-Fa massa temps que dura. Que no entens que em preocupo per tú, Noïva?!
-Si pensessis en mí no m’interrogaries ni em creuries mentidera.
-Podem comprar llibres o pel·lícules documentals. Així no caldrà que vagis a les agències.
-No m’has dit si prefereixes fideus o arròs...
-Llibres grans amb moltes fotos, Noïva... ara fan uns documentals increïbles...
Ella se’l mira fixament. La conversa s’acabarà.
-Ja tornes a parlar-me com a una nena petita. Si vulgués llibres, ja me’ls hauria comprat.
I girant-se cap a la nevera:
-Faré fideus.



Desparant la taula. Soroll de plats, coberts i copes que es barallen. Fan viatges fins la cuina i es creuen a mig camí, al costat de la porta del menjador.
-Arel, no vull llibres amb fotos ni documentals, de veritat.
-Però alguna cosa hem de fer...
-Parles com si estigués malalta i estic bé. No necessito els maleïts llibres.
-I llavors què? Seguiràs entrant a les agències i preguntaràs per la possibilitat de fer un viatge a un país llunyà, allotjant-nos en els millors hotels...
-Els llibres no expliquen els detalls que a mí m’agraden.
-... deixaràs que la noia, emocionada davant la perpectiva de vendre un viatge tan car, t’aclapari amb tota la informació que tú li demanis....
Ella ara ja no el mira.
-... i que et respongui totes les preguntes sobre tots els detalls, fins els més absurds i innecessaris.Voldràs saber com són els jardins, les excursions, les platges, la roba de llit dels hotels...
Ella aixeca el cap i el desafia. Li ha canviat la cara i els ulls li brillen intensament. Ara somriu amb els llavis fins, apretats.
-Avui l’esmorzar al Soneva Ghili de les Maldives era excel·lent, a l’alçada d’aquell de Bali de l’any passat, te’n recordes?
-Ho veus?! Ja hi tornes.
-Te l’has perdut.
-Tant com tú, Noïva, tant com tú.
Ho diu mentre es retira, brandant el cap. No esperava que ella es fes forta.
-No, que tenia de tot! Podies triar les barrejes dels sucs de fruita que vulguessis i te’l servien a la terrassa, a una taula envoltada de flors vermelles.
-Creu-me, m’agradaria que ens ho puguessim permetre, de veritat.
-Si haguessis vist la platja! Cada habitació tenia unes tumbones reservades a la vora de l’aigua, gairebé on l’escuma et toca els dits dels peus, amb un joc blanquíssim de tovalloles.
-Però amb les dues pensions amb prou feines podem viure a casa...
-I et servien tot tipus de begudes i xarrups de fruites! I l’aigua? L’aigua era turquesa, de veritat, semblava com si fos vidre líquid.
-Noïva!
-Què?
-Para! No m’escoltes! Ja tornes a fer el de sempre: t’engresques i ja no es pot parlar amb tú.
Ell surt de l’habitació i torna a entrar abraçat a una jaqueta.
-Marxo. Arribaré per sopar.



-Demà podríem anar a dinar amb els Cumis i després podríem anar al teatre.
Els llums de les tauletes de nit són com dos fars en la foscor del dormitori.
-Te’n recordes d’aquell creuer? No em podia creure que un vaixell pugués tenir sala de cine.
-No vull sentir les teves fantasies una altra vegada, Noïva, bona nit.
Ell es gira cap a la paret. Parlarà amb el cap recolzat al coixí, amb la mirada perduda.
-Has d’entendre que jo prefereixo ignorar allò que no tinc ni tindré mai, Noïva. La consciència de la pròpia incapacitat és massa dolorosa.
-Incapacitat? Però si tenim salut! I poques obligacions!
-Sí, però ni un cèntim.
Ella li posa la mà a l’espatlla. Si ell la pugués veure, ara descobriria que mai els ulls li han brillat tant. Parla fluixet.
-Jo només escolto el que m’expliquen, Arel, i això no val diners.
Ell es gira d’una revolada i la mira.
-I què guanyes amb escoltar-ho? El que t’expliquen no és real. Tú mai hi aniràs.
-Ja ho sé. Però és com si hi anés, de veritat. És com si hi hagués estat.
-Mai hi aniràs.
Es torna a tombar cap a la paret.
-A les Maldives, per exemple, hauries d’haver vist quin taulell d’escacs hi havia a la platja, amb unes figures enormes d’escuma que semben personetes. Imagina’t, jugar als escacs mentre prens el sol!
-Bona nit, Noïva.
-I ara que estic més morena, pel sopar de gala de l’última nit a l’hotel em podria posar aquell vestit de seda rosa, saps?, aquell que em vaig comprar pel casament de la Marguisa i que em ressalta tant el color dels ulls.

LA COLECCIÓN (versión 2.0)

Siempre llevo cinco o seis tubos de ensayo en el bolso. Y la etiquetas para marcarlos cuando estan llenos. Si alguna vez los olvido en casa, o cuando ya los he utilizado todos, inspiro con avidez, consciente de que dejo atrás instantes de existencia irrepetibles que ya jamás conseguiré para la colección.


Mi abuelo abrió para mí, por primera y única vez, ese armario una tarde de verano. Yo tenía diecisiete años, la misma edad que tenían mi padre, mis tíos y mis primos cuando el abuelo les mostró su secreto.
Me llamó desde la azotea, donde él tenía lo que llamaba “su despacho”.
-¡Mera, sube un momento!
Mi nombre retumbó por la escalera y llegó hasta la cocina, donde estaba con mi abuela y el tío Poro guardando los platos y las copas.
-¡Mera!
No imaginé que esa tarde por fin se cumpliría lo que había estado esperando durante años. “Cuando sea el momento, Mera, tu abuelo te llamará”. Desde que cumplí los diecisiete sabía que la revelación del secreto del abuelo estaba próxima, pero ese día, un día cualquiera de verano, casi sin nombre ni número en el calendario, no pensé en ello. Quizá el abuelo quería que llevase una carta a correos o que le ayudase a ordenar algunos libros.
Me hizo pasar y cerró la puerta detrás de mí.
El abuelo miraba al suelo, como si lo que iba a hacer le pesara. Caminó unos pasos, con un andar arrastrado, acariciando el suelo con las zapatillas, y se detuvo frente al armario que dormía al fondo de la estancia.
Entonces comprendí. Era el momento. Nadie me había avisado, no había tenido tiempo de saborear las horas previas, de emoción e impaciencia, pero allí estaba yo, con el abuelo, frente al armario.
Él estaba quieto, ahora miraba al techo de madera, como si buscase una señal o esperase consejo. Parecía que dudaba. Y quería que yo entendiese que dudaba, como si eso pudiere conferir a aquella escena pausada una mayor solemnidad.
-Abuelo, quizá… - yo estaba impaciente pero no quería que me contase nada si sólo lo hacía por cumplir, sin entusiasmo, con un absurdo sentido de la tradición familiar.
-No, Mera, es el momento.
Y suspiró.
-Pero debes comprenderlo, Mera, es toda mi vida. Toda mi vida.
Introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. Dos vueltas. Las puertas se abrieron como si exhalasen.
La luz del atardecer inundó el armario. Cientos de tubos de ensayo fulgían, parpadeaban, ordenados en soportes de madera, cerrados con un tapón de corcho, con una etiqueta que indicaba un lugar, un nombre y una fecha.
-Es mi vida- repitió, absorto, sin girarse, dándome todavía la espalda.
Cogió el primer tubo. “Cala boadella/viento/18 de septiembre de 1932”.
-Yo tenía 19 años- sususurró, levantando hasta sus ojos el tubo, que en su interior estaba salpicado por diminutas gotas de condensación húmeda – Esa tarde estaba en la playa con tu abuela y nos besamos por primera vez.
Asintió levemente con la cabeza. El tubo de ensayo parecía vacío entre sus dedos.
-Guardo un soplo del viento húmedo y salado de aquel atardecer de septiembre, el mismo aire que nos acarició el rostro y que jugó con los rizos de tu abuela.
Volvió a colocar el tubo en su sitio, cuidadosamente, y dejó que sus dedos paseasen entre los otros tubos, como si estos formasen un teclado y aquellos interpretasen una melodía.
-También guardo el olor de su piel y el vaho que desprendían sus labios al preparar un beso.


Cerró el armario. Había cumplido. Le había enseñado la colección a su última nieta y nunca más volvería a hablar de ella con él.
Así había sido con los demás y así debía ser también en mi caso.
-¿Por qué, abuelo?
No esperaba esa pregunta.
Había abierto la puerta de la habitación para que yo saliese pero al oir la pregunta la volvió a cerrar.
-Que por qué?
Me miraba fijamente.
-¿Por qué razón o para qué finalidad?
-Es lo mismo.
Seguía mirándome con sus ojos oscuros como bocas, profundas y llenas de silencio.
-El olor, Mera, es el rastro del alma. Emana de la existencia, de cualquier insignificante o descomunal parte de ella. Si algo existe, huele. Y todo permanece en su olor.
Se giró y cogió una fotografía de encima de la mesa.
-Una foto es el retrato de un instante, una representación, pero no es el instante mismo ni parte de él. Las fotografías, al contrario que los olores, permiten recordar pero no revivir.
Dejó el marco y se giró hacia mí.
-Es mi vida, la colección de los instantes de mi vida.
-Y, ¿cuándo los abrirás? Los tubos, digo. ¿Cuándo vas a destaparlos para oler lo que has ido guardando?
-¿Abrirlos? ¡¿Como voy a abrirlos?! - negó con la cabeza, como si le hubiese decepcionado - Los olores se perderían… en el aire… se diluirían en el aliento de un extraño, en el humo de cualquier cocina.
-Pero, ¿no dices que es tu vida? Si no los abres tú, ¿quién los abrirá? ¿Quién revivirá esos instantes si son tuyos y solo para ti tienen sentido?
Se acercó hacia mí, puso sus manos en mis mejillas y acariciándome susurró.
-Y la colección, Mera, ¿Quieres que se pierda la colección?
-No, abuelo, quiero que cumplas con su propósito.


Salí de su despacho arrepentida de haber hecho esas preguntas al abuelo, puesto que sin duda lo habían perturbado. Bajé las escaleras, despacio, pensando en la magia de esa colección pero en lo absurdo de no querer destaparla.
Ahora ya sabía por qué nadie de la familia hablaba de la colección. Era incomprensible, el abuelo había pasado su vida embotellando olores, olores que se iban a pudrir en los tubos porque no quería abrirlos.
Nunca más volví a hablar de la colección con mi abuelo ni con nadie.
Dos días después de su muerte, unos años más tarde, mi padre llegó a casa con un sobre.
-El abuelo dejó esto para ti, Mera- me dijo, casi sin mirarme, como si le molestase.
Era una carta encabezada con la frase “Cuando yo ya no esté”.

“Cuando yo ya no esté, Mera, mi colección seguirá existiendo. Te la dejo. Te la doy. Tú descifraste para mí el verdadero sentido de su existencia pero nunca tuve el valor suficiente para cumplirlo. Revivir la vida, a la vez que esta se pierde, es asumir su final. Quizá tú seas más valiente y más fuerte que yo para afrontarlo”.

LA COLECCIÓN (versión 1.0)

Siempre llevo cinco o seis tubos de ensayo en el bolso. Y la etiquetas para marcarlos cuando estan llenos. Si alguna vez los olvido en casa, o cuando ya los he utilizado todos, inspiro con avidez, consciente de que dejo atrás instantes de existencia irrepetibles que ya jamás conseguiré para la colección.


Mi abuelo abrió para mí, por primera y única vez, ese armario una tarde de verano. Yo tenía diecisiete años, la misma edad que tenían mi padre, mis tíos y mis primos cuando el abuelo les mostró su secreto.
Me llamó desde la azotea, donde él tenía lo que llamaba “su despacho”.
-¡Mera, sube un momento!
Mi nombre retumbó por la escalera y llegó hasta la cocina, donde estaba hablando con mi abuela y el tío Poro mientras guardábamos los platos y las copas, límpias y secas, en el mueble junto a la ventana.
-¡Mera!
No imaginé que esa tarde por fin se cumpliría lo que había estado esperando durante años. “Cuando sea el momento, Mera, tu abuelo te llamará”. Desde que cumplí los diecisiete sabía que la revelación del secreto del abuelo estaba próxima, pero ese día, un día cualquiera de verano, casi sin nombre ni número en el calendario, no pensé en ello. Quizá el abuelo quería que llevase una carta a correos o que le ayudase a ordenar algunos libros.
Me hizo pasar y cerró la puerta detrás de mí.
El abuelo miraba al suelo, como si lo que iba a hacer le pesara, caminó unos pasos y se detuvo frente al armario que dormía al fondo de la estancia.
Entonces comprendí. Era el momento. Nadie me había avisado, no había tenido tiempo de saborear las horas previas, de emoción e impaciencia, pero allí estaba yo, con el abuelo, frente al armario.
Él estaba quieto, ahora miraba al techo de madera, como si buscase una señal o esperase consejo. Parecía que dudaba. Y quería que yo entendiese que dudaba, como si eso pudiere conferir a aquella escena pausada una mayor solemnidad.
-Abuelo, quizá… - yo estaba impaciente pero no quería que me contase nada si sólo lo hacía por cumplir, sin entusiasmo, con un absurdo sentido de la tradición familiar.
-No, Mera, es el momento.
Y suspiró.
-Pero debes comprenderlo, Mera, es toda mi vida. Toda mi vida.
Introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. Dos vueltas. Las puertas se abrieron como si exhalasen.
La luz del atardecer inundó el armario. Cientos de tubos de ensayo fulgían, parpadeaban, ordenados en soportes de madera, cerrados con un tapón de corcho, con una etiqueta que indicaba un lugar, un nombre y una fecha.
-Es mi vida- repitió, absorto, sin girarse, dándome todavía la espalda.
Cogió el primer tubo. “Cala boadella/viento/18 de septiembre de 1932”.
-Yo tenía 19 años- sususurró, levantando hasta sus ojos el tubo, que en su interior estaba salpicado por diminutas gotas de condensación húmeda – Esa tarde estaba en la playa con tu abuela y nos besamos por primera vez.
Asintió levemente con la cabeza. El tubo de ensayo parecía vacío entre sus dedos.
-Guardo un soplo del viento húmedo y salado de aquel atardecer de septiembre, el mismo aire que nos acarició el rostro y que jugó con los rizos de tu abuela.
Volvió a colocar el tubo en su sitio, cuidadosamente, y dejó que sus dedos paseasen entre los otros tubos, como si estos formasen un teclado y aquellos interpretasen una melodía.
-También guardo el olor de su piel y el vaho que desprendían sus labios al preparar un beso.


Cerró el armario. Había cumplido. Le había enseñado la colección a su última nieta y nunca más volvería a hablar de ella con él.
Así había sido con los demás y así debía ser también en mi caso.
-¿Por qué, abuelo?
No esperaba esa pregunta.
Había abierto la puerta de la habitación para que yo saliese pero al oir la pregunta la volvió a cerrar.
-Que por qué?
Me miraba fijamente.
-¿Por qué razón o para qué finalidad?
-Es lo mismo.
Seguía mirándome con sus ojos oscuros como bocas, profundas y llenas de silencio.
-El olor, Mera, es el rastro del alma. Emana de la existencia, de cualquier insignificante o descomunal parte de ella. Si algo existe, huele. Y todo permanece en su olor.
Se giró y cogió una fotografía de encima de la mesa.
-Una foto es el retrato de un instante, una representación, pero no es el instante mismo ni parte de él. Las fotografías, al contrario que los olores, permiten recordar pero no revivir.
Dejó el marco y se giró hacia mí.
-Es mi vida, la colección de los instantes de mi vida.
-Y, ¿cuándo los abrirás? Los tubos, digo. ¿Cuándo vas a destaparlos para oler lo que has ido guardando?
-¿Abrirlos? ¡¿Como voy a abrirlos?! - negó con la cabeza, como si le hubiese decepcionado - Los olores se perderían… en el aire… se diluirían en el aliento de un extraño, en el humo de cualquier cocina.
-Pero, ¿no dices que es tu vida? Si no los abres tú, ¿quién los abrirá? ¿Quién revivirá esos instantes si son tuyos y solo para ti tienen sentido?
Se acercó hacia mí, puso sus manos en mis mejillas y acariciándome susurró.
-Y la colección, Mera, ¿Quieres que se pierda la colección?
-No, abuelo, quiero que cumplas con su propósito.


Salí de su despacho arrepentida de haber hecho esas preguntas al abuelo, puesto que sin duda lo habían perturbado. Bajé las escaleras, despacio, pensando en la magia de esa colección pero en lo absurdo de no querer destaparla.
Ahora ya sabía por qué nadie de la familia hablaba de la colección. Era incomprensible, el abuelo había pasado su vida embotellando olores, olores que se iban a pudrir en los tubos porque no quería abrirlos.
Nunca más volví a hablar de la colección con mi abuelo ni con nadie.
Dos días después de su muerte, unos años más tarde, mi padre llegó a casa con un sobre.
-El abuelo dejó esto para ti, Mera- me dijo, como si le molestase.
Era una carta de mi abuelo, encabezada con la frase “Cuando yo ya no esté”.“Cuando yo ya no esté, Mera, mi colección seguirá existiendo. Te la dejo. Te la doy. Tú descifraste para mí el verdadero sentido de su existencia pero nunca tuve el valor suficiente para cumplirlo. Revivir la vida, a la vez que esta se pierde, es asumir su final. Quizá tú seas más valiente y más fuerte que yo para afrontarlo”.